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No todos los disruptores son creados por el hombre en un laboratorio. Existen sustancias en nuestro entorno natural que pueden imitar o bloquear nuestras hormonas. Estos se dividen principalmente en dos grandes grupos: los de origen vegetal (fitohormonas que las plantas usan para crecer) y los metales pesados (elementos presentes en la corteza terrestre, el agua y el aire).
A diferencia de los químicos sintéticos, el impacto de estos compuestos naturales depende de una combinación de factores clave que determinan si nuestra salud se mantiene en equilibrio o se ve afectada:
La Dosis: Exposiciones a dosis bajas pueden ser inocuas o incluso beneficiosas, mientras que dosis altas (especialmente en metales pesados) pueden ser altamente tóxicas.
El Momento Vital: La sensibilidad es mucho mayor en fetos, niños y adolescentes. El sistema hormonal en desarrollo es mucho más vulnerable a estas interferencias.
Duración de la exposición: Las exposiciones prolongadas pueden generar efectos acumulativos (bioacumulación), algo especialmente crítico en el caso de los metales pesados.
Efecto Cóctel (Sinergia y Antagonismo): Las sustancias en el entorno pueden potenciarse entre sí (sinergia) o contrarrestarse (antagonismo), variando el resultado final.
La respuesta a estos disruptores naturales no es universal:
Variedad entre especies: Lo que es seguro para una especie animal puede ser perjudicial para otra.
Sensibilidad individual: Cada persona tiene una tolerancia y una respuesta única basada en su genética y su estado de salud previo.
Cuidar nuestro entorno y nuestra alimentación para reducir la carga de estos disruptores naturales es, en definitiva, proteger esa unidad vital.
Las plantas producen compuestos conocidos como fitohormonas para regular su propio crecimiento. Cuando las ingerimos, estas sustancias pueden actuar como disruptores naturales según su tipo y concentración:
Fitoestrógenos: Presentes en alimentos como la soja y el lino. Tienen estructuras similares a los estrógenos (hormonas sexuales femeninas). Al ingerirlos, pueden unirse a los receptores de estrógenos y generar efectos sutiles, lo que ha impulsado investigaciones sobre sus beneficios en los síntomas de la menopausia.
Flavonoides: Algunos flavonoides presentes en frutas, verduras y té pueden influir en la función endocrina y tiroidea.
Quercetina: Se encuentra en manzanas, cebollas y brócoli. Puede inhibir enzimas que participan en la producción de hormonas tiroideas.
Resveratrol: Presente en uvas, bayas y cacahuetes. Puede interactuar con los receptores de estrógeno y afectar la regulación hormonal de manera indirecta.
Nota: Estos efectos en la tiroides (como la interferencia en la conversión de T4 a T3) son más notables cuando se consumen grandes cantidades de forma constante.
Glucosinolatos: Se encuentran en vegetales crucíferos como el brócoli, la coliflor y la col rizada. Al consumirlos crudos, liberan compuestos que pueden interferir con la captación de yodo por la glándula tiroides. Cocinar estos vegetales y mantener una dieta variada ayuda a minimizar este efecto.
Fitoquímicos en Aceites Esenciales: Compuestos en los aceites de lavanda y árbol de té han demostrado actividad hormonal en estudios de laboratorio. Aunque en cantidades normales no suelen causar problemas, en concentraciones elevadas pueden afectar el sistema endocrino.
Consejo de salud: Mantener una dieta equilibrada y variada permite aprovechar los numerosos beneficios antioxidantes y antiinflamatorios de estos vegetales mientras se minimizan los posibles efectos negativos sobre la función tiroidea.
Algunos metales como el plomo, mercurio, cadmio y arsénico son elementos naturales presentes en la corteza terrestre. Sin embargo, actividades humanas como la minería y la quema de combustibles fósiles liberan cantidades excesivas al medio ambiente. Su mayor riesgo es la bioacumulación: se acumulan en el cuerpo con el tiempo y pueden causar problemas de salud a largo plazo.
Mercurio y la cadena alimentaria: Los peces acumulan mercurio del agua contaminada. Al consumir grandes depredadores como el atún rojo, el pez espada o el tiburón, así como ciertos moluscos y crustáceos, los seres humanos nos exponemos a este metal, que puede causar daño neurológico.
Plomo y desarrollo: Es especialmente perjudicial para el sistema nervioso en niños y puede provocar daños en los riñones.
El riesgo en el grifo: Aunque el agua de red está controlada, las cañerías antiguas de los edificios todavía pueden contener plomo y mercurio que se filtran al agua que bebemos o usamos para cocinar.
Para minimizar la exposición a estos contaminantes y, de paso, evitar los disruptores plásticos (BPA) de las botellas reutilizables de policarbonato, existen opciones muy efectivas:
Filtros de agua para cocina: Son la opción más completa para eliminar metales pesados y otros contaminantes, mejorando además el sabor del agua directamente desde el grifo.
Jarras con filtro: Una opción más asequible y práctica. Al elegir una, es fundamental que esté libre de BPA, para asegurar que no estamos introduciendo un disruptor plástico mientras intentamos eliminar un metal pesado.
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