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Detrás de cada diagnóstico actual hay una historia de coraje. La tiroides fue, durante siglos, un enigma protegido por el secreto y la sombra.
Desde disecciones clandestinas en el Renacimiento hasta descubrimientos que desafiaron a la ciencia moderna, un puñado de mentes brillantes se atrevió a descifrar el motor de nuestra energía.
Te invitamos a realizar un viaje en el tiempo para conocer a los hombres que, pieza a pieza, resolvieron el puzle de tu salud.
Leonardo da Vinci: El genio en la penumbra (Italia, s. XVI)
Mucho antes de ser reconocida como el motor de nuestra energía, la tiroides fue un enigma para el arte. Leonardo da Vinci fue el primero en diseñarla y lo hizo con una maestría que nadie superó en siglos. Pero, ¿cómo logró tal precisión en una época sin tecnología?
En la Italia del Renacimiento, conocer el cuerpo por dentro era una tarea peligrosa y rodeada de sombras. Las disecciones de cadáveres se movían en una "zona gris": no siempre estaban prohibidas por la Iglesia si se trataba de criminales, pero el estigma social y el olor obligaban a los artistas a trabajar en la clandestinidad. Leonardo no se imaginó la tiroides; la observó con sus propios ojos tras descender noche tras noche a los sótanos de hospitales e iglesias para estudiar más de 30 cuerpos en secreto.
Gracias a esa valiente curiosidad, fue el primero en ver la glándula tal cual es, con sus dos lóbulos perfectamente definidos. Logró capturar su forma con una fidelidad tan asombrosa que su dibujo se mantuvo como la representación más precisa de la tiroides durante los siguientes trescientos años, hasta bien entrada la medicina moderna.
Sin embargo, incluso un genio como él tuvo un "error" fascinante: al no encontrar tubos o conductos que salieran de ella, no pudo adivinar su poder químico. Concluyó que su función era meramente mecánica, una pieza diseñada para "rellenar los huecos del cuello" y evitar que la tráquea bailara o se desplazara. Aquel dibujo perfecto era, sin saberlo, el mapa del tesoro del metabolismo humano.
Thomas Wharton y el bautizo del "escudo" (Inglaterra, 1656)
Tuvieron que pasar cien años desde los dibujos de Leonardo para que aquel órgano misterioso tuviera, por fin, un nombre oficial. El encargado de bautizarla fue Thomas Wharton, un prestigioso anatomista inglés que vivía en una época donde la ciencia empezaba a exigir respuestas claras.
Wharton se obsesionó con la apariencia de la glándula. Al observar su estructura robusta, bilobulada y situada justo al frente del cuello, le recordó poderosamente a los escudos oblongos (llamados thyreos) que portaban los antiguos guerreros griegos para protegerse en la batalla. Por esa semejanza física, decidió llamarla Tiroides.
Pero aquí viene lo más curioso de su historia: Wharton no creía que fuera un "escudo" para protegernos de golpes externos. En su mentalidad de la época, él pensaba que la función de la glándula era estética. Creía que su misión principal era "dar redondez y belleza al cuello", especialmente en las mujeres, suavizando las formas de la tráquea.
Aunque Wharton nos regaló el nombre que hoy todos usamos, el verdadero poder que escondía ese "escudo" —el de fabricar las hormonas que controlan nuestra vida— seguiría siendo el secreto mejor guardado de la medicina durante casi dos siglos más.
Graves y Basedow: Los detectives del motor revolucionado (Irlanda y Alemania, s. XIX)
Durante casi doscientos años, el nombre de Wharton se quedó en los libros sin que nadie entendiera realmente qué hacía la tiroides. Pero a mediados del siglo XIX, la historia dio un giro fascinante gracias a dos médicos que, aunque vivían a miles de kilómetros y nunca se conocieron, estaban observando el mismo misterio.
El primero fue el irlandés Robert Graves en 1835, y poco después, el alemán Karl von Basedow en 1840. Ambos empezaron a recibir en sus consultas a pacientes que parecían "poseídos" por una energía incontrolable: sus corazones latían a una velocidad frenética, perdían peso sin motivo y, lo más impactante, sus ojos ganaban una mirada intensa y saltona que parecía querer salirse de sus órbitas.
¿Qué estaba pasando? Graves y Basedow, con una capacidad de observación asombrosa, fueron los primeros en conectar los puntos. Se dieron cuenta de que esos pacientes tenían algo en común: un cuello ligeramente hinchado.
Sin las analíticas que tenemos hoy, estos dos "detectives" de la medicina dedujeron que el problema residía en ese pequeño escudo de Wharton. Por primera vez en la historia, el mundo médico comprendió que la tiroides no era un adorno estético ni un relleno mecánico: era un motor. Y cuando ese motor se revolucionaba de más, el cuerpo entero corría hacia el agotamiento.
Hoy, dependiendo de en qué parte del mundo vivas, los médicos llaman a este exceso de energía "Enfermedad de Graves" o "Enfermedad de Basedow", en honor a estos dos hombres que supieron leer en los ojos y en el pulso de sus pacientes el secreto de una glándula hiperactiva.
Emil Kocher: El maestro del bisturí y el primer Nobel (Suiza, 1841-1917)
Si Graves y Basedow descubrieron que la tiroides era un motor, el suizo Emil Kocher fue el hombre que decidió que ese motor podía "repararse". Pero cuidado, porque en aquel entonces, intentar operar el cuello era poco menos que una misión suicida.
Imagínate la escena: a finales del siglo XIX, las operaciones de bocio eran un caos de hemorragias incontrolables. Pero Kocher, fiel a su herencia suiza, trabajaba con la precisión de un relojero. Diseñó sus propios instrumentos y perfeccionó una técnica tan limpia y cuidadosa que logró lo que nadie creía posible: operar miles de tiroides con éxito.
Pero su mayor contribución no fue solo su habilidad con las manos, sino su curiosidad científica. Kocher empezó a notar algo extraño: algunos pacientes a los que les había extirpado la glándula por completo, al cabo de un tiempo, se volvían lentos, tristes y su piel se hinchaba.
¿Qué estaba pasando? Gracias a ese seguimiento exhaustivo, Kocher descubrió la otra cara de la moneda: el hipotiroidismo. Entendió que la tiroides no era un órgano del que se pudiera prescindir alegremente; era la fuente de la chispa vital. Su trabajo fue tan revolucionario que en 1909 se convirtió en el primer cirujano de la historia en recibir el Premio Nobel de Medicina. Gracias a él, hoy sabemos que la clave no es solo operar, sino mantener el equilibrio.
Fritz de Quervain: El arte de saber cuándo no operar (Suiza, 1868-1940)
Bajo la sombra del gran Kocher creció otro genio, su alumno Fritz de Quervain. Él fue quien nos enseñó la paciencia. En una época donde la tendencia era querer operarlo todo, De Quervain se dio cuenta de que muchos dolores agudos en el cuello no necesitaban cirugía.
Identificó y describió la tiroiditis subaguda (que hoy lleva su nombre), una inflamación de origen vírico que causaba mucho dolor pero que, con tiempo, se curaba sola. Gracias a su capacidad para distinguir una enfermedad pasajera de una crónica, evitó que miles de personas pasaran por el quirófano innecesariamente. Su legado nos recuerda que, a veces, el mejor tratamiento es un buen diagnóstico.
Henry Stanley Plummer: El truco del yodo (Estados Unidos, 1874-1936)
Mientras tanto, en la famosa Clínica Mayo de Estados Unidos, Henry Stanley Plummer añadía la última pieza técnica al puzle. Plummer se enfrentaba a un problema grave: los pacientes con hipertiroidismo (Graves) tenían la glándula tan revolucionada y con tal flujo sanguíneo que cualquier cirugía suponía un riesgo extremo de hemorragia.
Entonces, Plummer descubrió un fenómeno asombroso que hoy nos sigue pareciendo magia: si daba una dosis muy alta de yodo a estos pacientes justo antes de la operación, la tiroides se colapsaba. ¿Cómo es posible si el yodo es su combustible? Es lo que hoy la ciencia conoce como efecto Wolff-Chaikoff: es como si el motor recibiera tanta gasolina de golpe que, por un mecanismo de seguridad, decidiera "apagarse" temporalmente para no saturarse.
¿Por qué se llama efecto Wolff-Chaikoff? Aunque Plummer ya aplicaba este truco con éxito en su clínica, no fue hasta 1948 cuando los investigadores Jan Wolff e Israel Lyon Chaikoff explicaron científicamente por qué ocurría este "frenazo" biológico. Incluir este nombre hoy en día es un estándar de rigor médico que honra tanto al que tuvo la intuición (Plummer) como a los que hallaron la explicación.
La historia de HAKARU HASHIMOTO: El Pionero de la Tiroiditis
Imagina un Japón a principios del siglo XX, un país en medio de una revolución científica y médica. En este entorno vibrante y de cambio, un joven médico nacido en una familia de antigua tradición samurái, Hakaru Hashimoto, comenzaba a destacar en el campo de la medicina. Con una mente inquisitiva y un corazón apasionado por descubrir los secretos del cuerpo humano, se embarcó en un viaje de investigación que marcaría un hito en la historia médica.
Con su bata blanca y un microscopio como su herramienta de confianza en la Universidad de Kyushu, Hashimoto se enfocó en un enigma peculiar: un tipo de inflamación en la tiroides que no encajaba con las enfermedades conocidas en ese momento. No era un hallazgo común y requería una mente meticulosa para descifrarlo. Con paciencia y dedicación, el joven médico estudió tejidos y observó síntomas inusuales, acumulando datos que parecían contar una historia diferente.
Fue en 1912 cuando Hashimoto, con su característica pasión, publicó sus hallazgos en una prestigiosa revista alemana. En su artículo, descrito con la precisión de un detective científico, detalló una condición en la que el sistema inmunitario atacaba por error a la tiroides. Así nació el término «tiroiditis de Hashimoto». Este descubrimiento abrió una ventana al entendimiento de cómo el sistema inmunológico puede volverse contra la glándula tiroides, causando hipotiroidismo y alterando el equilibrio hormonal del cuerpo.
Hashimoto no solo fue un pionero en la medicina, sino también un médico de gran humanidad. Las historias cuentan que dedicaba largas horas en su laboratorio, pero también encontraba tiempo para atender a pacientes necesitados, sin cobrarles un centavo. Su compromiso con la ciencia y la comunidad era tan profundo que incluso en sus momentos de cansancio, su entusiasmo por el conocimiento no flaqueaba. Era conocido por su actitud humilde y su deseo genuino de mejorar la vida de los demás.
Lamentablemente, la vida de Hashimoto fue corta. A una edad temprana, sucumbió a la fiebre tifoidea, dejando un vacío en el mundo de la medicina. Sin embargo, su legado perdura. Gracias a su descubrimiento, hoy en día podemos diagnosticar y tratar la tiroiditis de Hashimoto de manera efectiva, ayudando a millones de personas a llevar una vida saludable.
Cada vez que se menciona la enfermedad de Hashimoto, se recuerda al médico japonés que, con su ingenio y perseverancia, transformó el estudio de la glándula tiroides y dejó una marca imborrable en la medicina. Hakaru Hashimoto no solo resolvió un misterio médico, sino que también demostró que la dedicación y la pasión pueden cambiar el curso de la historia médica para siempre.