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El cáncer de tiroides se origina por el crecimiento descontrolado de células en la glándula, formando nódulos malignos. Aunque la palabra genera gran impacto, es importante saber que este tipo de cáncer presenta una mortalidad muy baja en comparación con otros y la gran mayoría de los pacientes tienen un pronóstico excelente.
La mayoría de las veces se detecta de forma accidental o mediante:
Palpación: Un bulto o inflamación en el área del cuello.
Biopsia por aspiración con aguja fina (PAAF): Es la herramienta definitiva. Consiste en extraer una pequeña muestra de células del nódulo para analizarlas bajo el microscopio.
El pronóstico depende principalmente del tipo de célula afectada:
Carcinoma papilar: El más frecuente (80% de los casos). Crece muy despacio y responde excepcionalmente bien al tratamiento.
Carcinoma folicular: También común y con buen pronóstico, aunque requiere una vigilancia algo más estrecha.
Carcinoma medular: Menos frecuente; a veces tiene un componente genético familiar.
Carcinoma anaplásico: El más raro y agresivo, pero afortunadamente representa un porcentaje mínimo de los diagnósticos.
El plan se personaliza según el tipo y la etapa, pudiendo incluir:
Cirugía: Extirpación de una parte (lobectomía) o de toda la glándula (tiroidectomía).
Yodo Radiactivo: Para eliminar cualquier resto de tejido tiroideo o célula cancerosa tras la cirugía.
Terapia Hormonal: Al extirpar la glándula, se receta hormona sintética de por vida para mantener el equilibrio metabólico.
Otras opciones: En casos específicos, puede requerirse radioterapia externa o quimioterapia.
El seguimiento continuo es la clave del éxito para monitorizar que no haya recurrencias. Gracias a los avances médicos, la mayoría de los pacientes pueden llevar una vida totalmente normal y saludable tras el tratamiento.
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